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06/04/2014
Provincia de Buenos Aires

Scioli cargó una bala de plata


confseguridad_06042014 (61k image)Por Andrés Lavaselli alavaselli@dib.com.ar).- La decisión del gobernador Daniel Scioli de declarar el estado de emergencia en materia de seguridad pública, tal vez la más trascendentes en términos de gestión de lo que resta de su mandato, agrega contenidos nuevos pero no cambia conceptualmente su enfoque del fenómeno al que busca dar una respuesta, lo que se deja entrever por la frialdad kirchnerista que rodeó el anuncio y por la relativa aceptación de buena parte de la oposición, que presentó objeciones formales pero no cuestionó el fondo del plan....


En términos de táctica política, la movida es transparente: el paquete constituye la “bala de plata” de Scioli para tratar de dar alguna solución perceptible y, lo más difícil, más o menos inmediata, a los reclamos sobre la inseguridad que, producto de una realidad indisimulable y de una igualmente evidente agitación mediática, se han convertido en una de las amenazas principales a su esquema de acumulación de poder pre 2015. Dicho de otro modo, de cara a la sociedad y a la dirigencia, el Gobernador necesita ya demostrar que esta cuestión no licuará principal activo político: su imagen.


En ese plano, Scioli pelea contra el (agotamiento de su) tiempo: por errores propios o imposibilidades que lo exceden (o por una combinación de ambos), llegó a una situación tal que el famoso “traje de amianto” que hasta ahora evitó que su brillo se chamusque puede perder sus propiedades aislantes, y la mejor manera de prever ese desgaste es dar una solución que cierto hartazgo reclama inmediata pero que la misma naturaleza de la cuestión impide resolver en el corto plazo, como él mismo se encargó de remarcar ayer, cuando anunció que decretaba la emergencia.


El grial que busca Scioli es la posibilidad de surfear entre dos temporalidades distintas: una larga, que es la que necesita para desarrollarse la única solución sustentable, que es de orden social, al delito de poca monta, asistemático y crecientemente violento que nutre la percepción de aquello que se llama “inseguridad”. Y otra, corta, definida por un esquema represivo que mantenga los niveles de violencia razonablemente encauzados mientras se avanza en las respuestas de fondo. En principio, el Gobernador parece haber querido introducir una cuña entre esos dos planos. Ocupó el lugar de instrumentador de herramientas represivas (y legalmente democráticas) que dejó vacante el kirchnerismo con su énfasis casi exclusivo (Sergio Berni es la excepción) en las causas sociales del delito. Es un movimiento que seguramente lo alejará aún más de las preferencias de la Presidenta. Pero a la vez, se alejó del discurso justificador de los desbordes fascistoides que esta semana terminaron de definir un discurso mediático que a Scioli siempre lo interpela y que la oposición, en general, no cuestiona.


Las herramientasPero si Scioli pudo ensayar ese equilibrio en términos de posicionamiento, a nivel de las herramientas concretas que presentó la cosa no parece tan equidistante: el énfasis en las estrategias de saturación policial del territorio, las reformas legales que endurecen las excarcelaciones y la tenencia de armas, sumadas a los anuncios de construcción de prisiones y al refuerzo de la porción acusatoria del Ministerio Público así parecen sugerirlo, aunque el Gobernador haya dispuesto medidas de combate al lavado de activos del crimen organizado que en cierto modo van en otra dirección.


Esa elección se recorta, además, contra la principal línea rectora de la política de seguridad de Scioli en estos años, definida por el fin de los trazos de la inconclusa reforma previa de León Arslanián (que no logró la eficacia necesaria en el plano “corto” para sobrevivir) y una vuelta al protagonismo de la policía, en el que Scioli confía. Ese hilo de Ariadna recorre tres cambios de ministros de seguridad y dos unificaciones y separaciones de los ministerios de Seguridad y Justicia, evidencia de una oscilación que no borra la “coherencia” de fondo.


Probablemente por esa elección de herramientas, no hubo representantes de la Casa Rosada durante los anuncios, ni tampoco Scioli hizo mención a las políticas nacionales en este plano: más bien, se limitó a destacar que todo es de orden provincial, incluyendo el financiamiento del rearme policial. Y quizá por ese mismo motivo, la mayoría de las críticas opositoras se centraron en el “oportunismo” del Gobernador, más que en el perfil de su propuesta. Sergio Massa, en ese sentido, fue una cumbre: directamente, acusó al Gobernador de copiar las “soluciones” del Frente Renovador.


Definida entonces en soledad de aliados y ambiguas críticas opositoras, la apuesta de Scioli paga doble a ganador: si su “bala de plata” da en el blanco, él se llevará un premio tal vez determinante en su carrera por posicionarse como un candidato peronista oficialista pero abarcador. Y, tratándose de Scioli, hay que tener en cuenta que ese blanco es sin duda la eficacia concreta del esquema que puso en marcha, pero definido en términos de percepción pública de que se inició un camino correcto, de que alguien se ocupa del asunto que nadie parece poder resolver.


Aunque extremadamente complejo, definido en esos términos, es un objetivo que, en otros ámbitos de gestión, el Gobernador pudo alcanzar. Claro que él también sabe que, si todo el efecto se licúa en el devenir infinitamente repetido de la casuística delictiva, el impacto será igualmente profundo, aunque de sentido inverso para su actualidad política. Y habrá ocurrido con el reloj que marca la definición de las candidaturas corriendo cada vez más rápido. (DIB)




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