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30/07/2004
Editorial

La estafa del siglo


c_lorena3007 (14k image)Por la lic. Cynthia Calvigioni. El viernes pasado visitó nuestra ciudad el legislador Mario Cafiero, con el propósito de brindar una charla acerca de la deuda externa argentina.


A pesar de que las instalaciones del Banco Credicoop se encontraban casi colmadas, el público asistente era escaso si tenemos en cuenta el tema abordado.
¿Cómo puede resultar indiferente una problemática que está ligada de forma íntima con el esquema de desarrollo de nuestro futuro? ¿Cómo no sentirnos comprometidos con una causa de vital importancia que marca el eje de decisiones políticas, económicas, culturales y sociales?


A propósito del relato de la soga realizado por Cafiero en su disertación (véase nota correspondiente en Colón Doce) quisiera agregar que los argentinos no solo moriremos a un metro del suelo congelados si no tomamos la decisión correcta (en este caso cortar la soga), sino que sumado a esto vamos a perecer por “circular de cordón”. Con esto quiero decir que gracias a las pésimas políticas implementadas por los gobernantes de turno este país morirá ahogado en sus propias decisiones
Porque el Estado, positiva o negativamente, aún conserva poder para establecer las reglas del juego y de esta forma operar sobre las variables que configuran el escenario económico. Debido a las ineficaces respuestas del país a los desafíos y oportunidades planteados en el escenario internacional nos endeudamos de una manera que traspasó el límite de la insolvencia y que fulminó nuestra capacidad competitiva en actividades tecnológicas, de investigación, productivas, etc


Hoy nos encontramos navegando a la deriva sin timón ni instrumentos de navegación. Como ciudadanos debemos hacernos cargo de no haber sabido elegir un capitán que pudiera dirigir el barco con precisión y coraje. No supimos tampoco sancionar a los que con sus decisiones nos dejaron a merced de fuertes tormentas o en el medio de un océano, sin posibilidad de encontrar el rumbo indicado
¿Porqué no exigir un castigo a personajes nefastos como el ex presidente Carlos Saúl Menem, que “vendió hasta las joyas de la abuela”? El ex mandatario nos hizo creer que eramos un ejemplo de “economía emergente” en Latinoamérica.


Sin embargo el cáncer se iba desparramando inexorablemente como un mal silencioso, mientras se encargaban de dolarizar la economía, matar el aparato productivo nacional y rifar nuestro patrimonio.Leyendo un artículo en el diario Clarín encontré algo que es digno de resaltar. Raúl Scalabrini Ortiz señalaba que los problemas económicos y financieros eran muy sencillos de entender. Hasta a un niño le resultaría fácil comprender. Solo se necesitaba saber sumar y restar. A esto habría que adicionarle que cuando a uno le explican algo y no lo entiende debe insistir en la interrogación hasta que nuestra duda se clarifique. Ahora bien, si después de mucho preguntar uno sigue sumido en la completa ignorancia, esto es resultado de que a uno le quieren robar.


Y esto es lo que han venido haciendo nuestros políticos en Argentina. Sus discursos fueron pronunciados en un lenguaje excesivamente técnico, se ornamentó con palabras difíciles algo que podía ser explicado de forma sencilla. Y así muchos habitantes de estas tierras fueron construyendo una respuesta común: “Esto es demasiado complicado para mí” “Yo no puedo hacer nada ante esto” “Recién asumió, che, démosle un tiempo...”
Y así fuimos perdiendo la falta de compromiso de la acción individual y colectiva. Así los tiempos se fueron extendiendo y las deudas y los problemas se fueron acrecentando, hasta culminar en el caos existente en el presente: miseria, analfabetismo, desocupación, hambre, inseguridad. Un genocidio a “fuego lento”


Así los argentinos no podemos entender como miles de chicos mueren de hambre en una región que abastece al mundo de alimentos. Y no solo existe el hambre físico. Sino el hambre de conocimiento, de seguridad, de justicia social y jurídica.


¿Cómo puede ser que a principios de 1976 cada habitante de Argentina debía al exterior U$S 320 y que a fines de 1983, cuando asume el gobierno de Raúl Alfonsín esta cifra ascendió a U$S 1500?
¿Cómo puede ser que no sabemos a ciencia cierta cuanto debemos, que es lo que debemos, en que se gastó esa plata? Que no existan documentos de la etapa en que gobernó la última dictadura militar que puedan informar sobre la “estafa del siglo”?Perdimos nuestro patrimonio nacional. Y estamos tan tranquilos. Nadie exige, demanda, reclama, exhorta una explicación. Solo un ciudadano, Alejandro Olmos, en un juicio que duró dieciocho años, le pidió al Estado que le brinde explicaciones de que había pasado para que la deuda alcanzara un monto irrisorio y que, además, esto no se viera traducido en un florecimiento económico.


¿Cómo puede ser que sigamos de brazos cruzados ante una deuda impagable, fraudulenta, ilegítima? Que no exijamos justicia y que se encarcele a políticos como Domingo Felipe Caballo, quien estuvo a cargo de la nueva colonización de nuestro país. Que fue el inventor de las renegociaciones a través del “Mecacanje”, por ejemplo, en el cual se pasó de la columna del haber a la del debe suculentas cifras por las que se cobró suculentas comisiones. Evidentemente no se quiere investigar, porque de hacerlo irían presos la mayor parte de la clase dirigente de este país por enriquecimiento ilícito o por cómplice o por omisión.


Ellos traicionaron a la Patria. Nosotros de algún modo la traicionamos también. Porque no debatimos, no construimos colectivamente un proyecto de país.
Debemos empezar a generar conciencia en la gente, debemos sentirnos que, por insignificante que nos creamos, somos herramientas para el proceso de cambio, y que podemos concretar los sueños de San Martín o Bolivar. De nosotros depende que nuestro pueblo se suicide o corte esa soga que nos subgaya.




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